Mis ojos desorbitados observaban el muro que se abría ante mí con impotencia, cada ladrillo que lo formaba arrastraba una historia, una emoción, un miedo. Estar parada frente a él siempre me había agobiado, sin embargo, esta vez solo me sentía emocionada, congelada ante los sucesos que pronto marcarían un antes y un después.
A lo lejos, vislumbré una mancha azul en el suelo e instantáneamente, una corriente de imágenes me sacudió violentamente la memoria. Avancé hacia ella, disimulando el temblor de mis rodillas y, al mismo tiempo, comencé a recordar como treinta años atrás empujé y pisoteé a la gente, intentando hallar a mi hermano. Todavía lo recordaba tumbado, con su pelo rubio manchado de tierra y sangre, su mirada perdida y, su pálida mano abierta que poco atrás agarraba su peluche azul.
Llevé mis manos hacia las suaves y cristalinas lágrimas que con lentitud se deslizaban por mis mejillas al revivir una vez más aquel suceso. Y, me quedé parada, esperando tras el ahora derrumbado muro de Berlín.


