domingo, 24 de abril de 2016

Escombros de odio

         Mis ojos desorbitados observaban el muro que se abría ante mí con impotencia, cada ladrillo que lo formaba arrastraba una historia, una emoción, un miedo. Estar parada frente a él siempre me había agobiado, sin embargo, esta vez solo me sentía emocionada, congelada ante los sucesos que pronto marcarían un antes y un después.

        A lo lejos, vislumbré una mancha azul en el suelo e instantáneamente, una corriente de imágenes me sacudió violentamente la memoria. Avancé hacia ella, disimulando el temblor de mis rodillas y, al mismo tiempo, comencé a recordar como treinta años atrás empujé y  pisoteé a la gente, intentando hallar a mi hermano. Todavía lo recordaba tumbado, con su pelo rubio manchado de tierra y sangre, su mirada perdida y, su pálida mano abierta que poco atrás agarraba su peluche azul.

      Llevé mis manos hacia las suaves y cristalinas lágrimas que con lentitud se deslizaban por mis mejillas al revivir una vez más aquel suceso.  Y,  me quedé parada, esperando tras el ahora derrumbado muro de Berlín.



La reflexión del reflejo


       Los mechones salidos de mi coleta acuden con rapidez hacia mi cara, sin ser conscientes de mi incomodidad. Sin embargo, me olvido de ellos al apreciar la mueca que se expande desde mis labios hasta el espejo que me observa. Hay algo en mi mirada que me asombra, ¿esta soy yo? Nunca me había fijado en los pequeños agujeros que se me forman sobre las mejillas. Más bien nunca me había mirado, nadie lo había hecho.

     A lo largo de la vida todo el mundo acaba teniendo una historia que contar, vivencias llenas de alegría, tristeza y amor. Pero también hay gente como yo, gente que no vive las cosas, que simplemente las observa y decide continuar a la espera de que algo pase. Y, aunque ese algo nunca llegue a suceder, no levanta cabeza, ni siquiera intenta cambiar, simplemente se deja hundir y acaba sumergida en lo que desde un principio le pareció su último hogar.


    Por eso, al mirarme directamente me digo a mi misma que no seré alguien más, un sueño más, que simplemente seré yo.



El Yin y el Yang emocional



     Un rayo de luz, una vela entre la oscuridad y el asfixio de no respirar. La primera palabra del libro que llevas esperando meses, el primer acorde de tu álbum favorito y, el roce de tus manos con tu mascota. Tu bolígrafo al ser utilizado por esa persona que llevas alabando años y que ni en tus mejores sueños pensaste en conocer. La causante del suspiro que sin querer, soltaste al ver las letras del folio que muestran el premio del esfuerzo al estudiar. Esa es la felicidad.

    Pero, y si dijésemos, la caja de cerillas que tras mucho tiempo ha sido vaciada, los pulmones oxidados y sin fuente de energía. Las lágrimas de un bebé cuando su estómago se revela, la tumba de un familiar que tras años y años ha ido recolectando una floristería entera. La sensación de tu frente apoyada contra el cristal mientras en tu cabeza se repite una y otra vez The Daily Mail. La causante de tus hombros encorvados cuando te repiten una y otra vez lo poco que vales. Esa es la tristeza.